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La
Fiebre Aftosa
o Glosopeda es
una enfermedad contagiosa de etiología vírica, de curso
agudo, que afecta a animales fisípedos y que se determina la formación
de aftas o vesículas en la piel de los belfos, ollares y jeta,
mucosa oral (encías, rodete dentario y lengua), piel del rodete
coronario e interdigital y, ocasionalmente, en los pezones.
La
epidemia británica ha vuelto a atraer la atención sobre
la Fiebre Aftosa que es, sin embargo, una enfermedad antigua sobre la
que se han realizado numerosos estudios siendo el virus responsable el
primer "agente filtrable" responsabilizado de causar enfermedad
en ellos.
Sin
embargo, la Fiebre Aftosa continua representando en la actualidad un serio
problema sanitario en amplias zonas del mundo, y el control de esta enfermedad
se ve dificultado por poderosos factores socio-económicos.
Etiología.
El agente etiológico
es un Aphtovirus de la familia Picornaviridae, con ARN (+) monocatenario
(de unos 8500 nucleótidos) incluido en una cápside proteica
icosaédrica formada por protómeros integrados por 4 proteínas
estructurales distintas (VP1, VP2, VP3 y VP4). De entre ellas, la proteína
VP1 es la más importante, ya que constituye uno de los antígenos
más inmunógenos y biológicamente activos del virus.
Presenta
además una serie de proteínas no estructurales de entre
las que destacan el complejo 3ABC (implicado en la iniciación de
síntesis y encapsidación) y la proteína 3D ó
Antígeno de Infección Vírica (VIA) que es en realidad
una proteína de acción ARN polimerasa. Los anticuerpos anti-VIA
son detectables tanto en animales enfermos como infectados (portadores).
Existen
7 serotipos, que algunos autores consideran virus distintos que causan
una sola enfermedad, y que responden a las denominaciones A, O, C, SAT1,
SAT2, SAT3 y Asia1. Dentro de cada serotipo existen hasta un total de
aproximadamente 65 subtipos. La extrema variabilidad determina que no
exista resistencia cruzada. Asimismo pueden darse variaciones antigénicas
e incluso recombinaciones en el curso de una misma onda epizoótica,
lo que vendría a complicar aún más la situación.
El
virus de la Fiebre Aftosa (VFA) es inestable a pH menor de 6 ó
mayor de 9, resiste bastante bien la refrigeración y la congelación,
pero las temperaturas elevadas lo inactivan por completo, por lo que se
utilizan para eliminarlo de productos como la leche o preparados cárnicos.
Los desinfectantes más útiles son, precisamente hidróxido
sódico, carbonato sódico o ácido cítrico,
por ejemplo, pero es relativamente resistente en el seno de materia orgánica.
El
VFA no sobrevive al proceso de carnificación, ya que el pH muscular
cae por debajo de 6. Sin embargo, sí puede sobrevivir en otros
tejidos, como ganglios linfáticos o médula ósea,
lo que los hace peligrosos desde el punto de vista de la transmisión.
En el medio ambiente la supervivencia depende de la humedad, exposición
a los rayos UV (que lo inactivan) temperatura y pH, pudiendo persistir
hasta un mes en ciertos sustratos como estiércol, cama, o pienso.
Importancia
Económica y Sanitaria.
Europa Occidental,
junto con Japón, Australia, Nueva Zelanda, América Central
y del Norte y Groenlandia son zonas exentas, aunque de forma esporádica
han aparecido brotes que han sido controlados con rapidez y eficacia (Italia
1993, Grecia 2000, Japón 2000). En cambio, América del Sur,
Oriente Próximo, Asia y África, así como Europa Oriental
son zonas endémicas o con brotes frecuentes, en los que, en consecuencia,
se sigue una política activa de vacunación. En España,
el último brote de FA se produjo en 1986.
Las
pérdidas indirectas que produce debido a su condición de
enfermedad altamente transmisible, lo que hace ser miembro destacado de
la lista A de enfermedades de la OIE, fundamentan su importancia económica
y sanitaria. Esta consideración exige la adopción de medidas
cautelares extremas, incluyendo el sacrificio obligatorio de los animales
donde aparece un foco y los de explotaciones colindantes, inmovilizaciones,
cierres de mercados y reuniones de todo tipo, destrucción de cadáveres,
piensos, desinfección de locales, vehículos, etc.
El
comercio exterior para animales y sus productos (leche, semen, óvulos,
carne...) queda por completo abolido inicialmente para luego sufrir sucesivas
modificaciones siempre sujetas a la evolución de la enfermedad,
etc.
En
Gran Bretaña, origen del foco actual en la Unión Europea,
cientos de miles de animales han debido ser sacrificados y las pérdidas
económicas son y serán devastadoras para la ganadería
y el mundo rural británico, que necesitará varios años
para recuperarse.
Por
último, si bien la Fiebre Aftosa es un problema gravísimo
de Sanidad Animal, no constituye en modo alguno un riesgo desde el punto
de vista de la Salud Pública ni de la Seguridad Alimentaria. En
el hombre hay descritos unos 40 casos en la literatura, siempre benignos.
La Organización Mundial de la Salud no considera a la FA como una
zoonosis.
Epizootiología.
La
FA tiene como hospedadores a todos los fisípedos, siendo los óvidos,
cápridos, bóvidos, suidos y cérvidos los grupos más
importantes. De entre las otras especies domésticas y de abasto,
los équidos, carnívoros o aves no padecerán la enfermedad
pero pueden actuar como vectores mecánicos.
Mención
aparte merecen las especies de ungulados salvajes que, al igual que sus
congéneres domésticos pueden padecer y transmitir la enfermedad,
actuando como reservorios de dificilísima erradicación.
La
transmisión de la FA es extraordinariamente fácil. La vía
aerógena es la más preocupante, ya que los animales enfermos
excretan en sus secreciones respiratorias grandes cantidades de partículas
víricas que pueden sobrevivir varias horas, posibilitando así
la difusión lejana.
Se
han demostrado transmisiones por esta vía entre Francia y Gran
Bretaña en el pasado. El contacto de un individuo sano con uno
infectado tiene un alcance mucho más limitado.
Con
la transmisión aerógena, la vía indirecta de diseminación
es la que presenta mayores peligros y problemas, pese a que sobre ella
cabe plantear medidas preventivas. Todo tipo de vectores mecánicos
(animados o inanimados) son útiles para el VFA en su difusión:
Ropa, calzado, pienso, pájaros, vehículos, perros, gatos,
etc.
Hay
que añadir que los productos alimenticios procedentes de animales
infectados pueden contener virus viable y transmitir la enfermedad si
se suministran -incorrectamente- a animales susceptibles, como también
puede ocurrir a través de semen, embriones y, en general cualquier
producto animal.
Tras
la fase clínica de la enfermedad, los animales recuperados quedan
no obstante como portadores durante meses o incluso años. Estos,
presentan en el epitelio de orofaringe y esófago partículas
víricas que pueden ser excretadas al exterior, alcanzando nuevos
hospedadores.
Esta
es la razón de las limitaciones a la exportación que sufren
los países no exentos de la enfermedad, ya que incluso en ausencia
de focos, los animales aparentemente sanos pueden actuar como transmisores
(Probang test).
Este
es un grave problema que exige el sacrificio de todos los animales enfermos
o que hayan estado en contacto con ellos, ya que de otra manera no puede
garantizarse la eliminación del problema.
Patogenia y Manifestaciones clínicas.
El VFA penetra
en el hospedador por ingestión o inhalación y se produce
una primera replicación en el epitelio de la orofaringe. La diseminación
intraorgánica se produce por vía linfohematógena,
originando en consecuencia una viremia, que se manifiesta por estados
febriles, que se inician a los 2-3 días de la infección.
A
partir de ese momento el virus se localiza preferentemente en los siguientes
puntos: piel de los belfos, epitelio oral y faríngeo, epitelio
digestivo (pilares del rumen), piel de la mama y pezones, piel del rodete
coronario y espacio interdigital, y, finalmente, músculo estriado,
particularmente el cardiaco.
El
período de incubación oscila entre los 2 y los 18 días
aproximadamente, mientras que la fase clínica de la enfermedad,
en ausencia de sobreinfecciones y complicaciones, se sitúa entre
los 8 y 15 días.
La
lesión esencial es la formación de las aftas características
por degeneración vacuolar del estrato espinoso epitelial, y que
se encuentran presentes en lengua, rodete dental de rumiantes, paladar,
carrillos, encías, ollares, jeta, rodetes coronarios, zonas interdigitales,
etc. que están cubiertas sólo por la capa epitelial y contienen
un líquido seroso. Estas aftas se rompen espontáneamente
por el roce y devienen en úlceras rodeadas de restos del epitelio
que las cubría. Sin infecciones secundarias, se reepitelizan con
rapidez, dando lugar a formaciones cicatriciales.
Por
otra parte, el VFA puede provocar una fatal miocarditis aguda, frecuente
en animales jóvenes. Como consecuencia de la viremia y el subsiguiente
estado febril los animales muestran depresión, abortos (inespecíficos),
agalaxia y cese de la rumia.
Finalmente,
reflejo de las lesiones mencionadas los animales presentan claudicaciones
muy marcadas, estomatitis, ptialismo y sialorrea (y el característico
"besuqueo"), anorexia (por el dolor) y pérdida de peso
progresiva. Pueden darse, además, de forma colateral, alteraciones
en parénquima mamario y en glándula tiroidea, lo que repercutirá
negativamente en la recuperación del animal, dejando secuelas como
menor producción láctea y alteraciones en la termorregulación.
Diagnóstico.
Las
características clínicas, epidemiológicas y lesionales
de la Fiebre Aftosa son suficientemente orientativas para un diagnóstico
presuntivo, al que, no obstante, es imprescindible añadir la obligatoria
confirmación laboratorial.
La
Fiebre Aftosa es una enfermedad cuya presencia en una zona geográfica
es algo notorio por lo general, así como su ausencia, por lo que
en una u otra situación, el veterinario debe incluir cualquier
enfermedad con signos compatibles con Fiebre Aftosa en el diagnóstico
diferencial de acuerdo a las condiciones epidemiológicas locales.
En
todo caso, la sospecha, aun basada únicamente en las lesiones observables,
es suficiente para notificar a los servicios veterinarios oficiales la
existencia de una posible enfermedad vesicular.
El
diagnóstico diferencial debe incluir por tanto la enfermedad vesicular
porcina, que desde el punto de vista clínico es prácticamente
indistinguible. En cuanto al ganado vacuno, la Fiebre Catarral Maligna,
con Rinotraqueitis Infecciosa Bovina y, sobre todo, con Diarrea Vírica
Bovina y Enfermedad de las mucosas.
En
el caso de ganado ovino, fundamentalmente debe tenerse presente un proceso
que cursa con vesículas en la boca, el Ectima contagioso y con
otro que cursa con cojeras y lesiones podales como es el Pedero.
El
diagnóstico laboratorial tiene como objetivo no sólo confirmar
el diagnóstico presuntivo clínico-epidemiológico,
sino, eventualmente, contribuir a averiguar el origen del brote mediante
la determinación de tipo y subtipo. Las muestras deben recogerse
de animales que presenten aftas sin abrir.
Para
el aislamiento vírico, además del líquido interior,
se recorta con tijeras la pared de las aftas; si estuvieran rotas, los
flecos. El epitelio contiene numerosas partículas víricas.
También puede tomarse una muestra de mucus de la zona esofágica
o faríngea. Este material debe remitirse al laboratorio en condiciones
adecuadas, donde se utilizará para la detección del virus.
Existe igualmente la posibilidad de la detección de anticuerpos
en suero, lo que puede permitir la detección de animales seropositivos
en casos sospechosos.
Para
su detección pueden emplearse técnicas de inmunodifusión,
virus neutralización, o ELISA. El uso de técnicas de ELISA
que detectaran anticuerpos frente a proteínas no estructurales,
que sólo se expresan en el curso de la replicación vírica,
permitiría eventualmente detectar animales infectados y distinguirlos
de los vacunados.
Medidas
de Control.
La
Fiebre Aftosa es una enfermedad sujeta a numerosas normativas y adaptaciones
de éstas a la cambiante situación epidemiológica,
por lo que remitimos, para mayor información, al Decreto 90/423
(y su trasposición a la normativa española a través
del RD 2223/1993 y modificaciones posteriores.
| En
términos genéricos, la Fiebre Aftosa implica: |
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1)
La
Declaración obligatoria y urgente de cualquier enfermedad
vesicular incluso antes de confirmarse el diagnóstico.
2)
Inmovilización de ganado (y especies no sensibles) y sus
productos, así como de los vehículos destinados
a su transporte. Se prohíbe la celebración de mercados
y ferias.
3)
Confirmada
la existencia de un foco, se adopta una política de "stamping
out". Se eliminan todos los animales de las explotaciones
afectadas y se destruyen los cadáveres (y la leche en su
caso) en forma que asegure la no diseminación de la enfermedad.
Alrededor de la zona, se establecen perímetros sanitarios
dentro de los cuales se limitan todas las actividades relacionadas
con los animales y se realizan encuestas epidemiológicas.
4)
Cierre de fronteras a la exportación de animales y sus
productos.
5)
Desinfección obligatoria y certificada.
6)
Seguimiento clínico e inmunológico de los animales
hasta garantizar la ausencia dela enfermedad. |
Sin
embargo, la presente epidemia debe hacernos reflexionar sobre la posible
modificación de la política presente, una vez que la presunción
de que los focos, en ausencia de vacunación, se identifican y se
eliminan rápidamente. La epidemia se ha extendido más allá
de lo previsible debido a un fallo de la vigilancia, lo que permitió
que los animales enfermos hubieran pasado por varias granjas y mercados
distantes entre sí. Por tanto, la vigilancia epidemiológica
y clínica deben extremarse; no puede pasar desapercibida como ha
ocurrido en Gran Bretaña, durante semanas.
En
cuanto a la vacunación frente a la Fiebre Aftosa, las vacunas al
uso en zonas endémicas son inactivadas, polivalentes (incluyendo
los serotipos más frecuentes en cada área) y presentan serias
limitaciones. Dado que no existe inmunidad cruzada plena, la vacunación
debe realizarse con el serotipo y subtipo más prevalente en la
zona, lo que no proporciona protección frente a otros. La inmunidad
lograda es de corta duración, y exige revacunaciones con una frecuencia
incluso mayor que la anual. Por añadidura, existe la posibilidad
de accidentes vacunales, y no son igualmente útiles en todas las
especies susceptibles. Además, una política sanitaria basada
en la vacunación supone la pérdida de la condición
de "país libre de Fiebre Aftosa", circunstancia de grandes
repercusiones económicas.
Añádase
el inevitable desarrollo, como consecuencia de esta crisis, de nuevas
vacunas más eficaces, a base de ADN, cepas atenuadas genéticamente,
vectores víricos recombinantes, vacunas de péptidos y subunidades,
etc. Las nuevas vacunas incorporarían, la ventaja de ser compatibles
con sistemas de diagnóstico que permitan distinguir fuera de duda
a los animales vacunados de los infectados. Estas técnicas, basadas
en la detección de respuesta inmune frente a proteínas no
estructurales (3ABC, que sólo aparecen en el curso de la replicación
vírica, y no como efecto de vacunas que no inducen su propia replicación
en el individuo receptor) ya están disponibles.
Para
concluir este breve repaso a la vacunación, es preciso mencionar
las vacunaciones de urgencia que crean alrededor de los focos una zona
tampón integrada por animales protegidos frente al virus.
Para
lograrlo, se necesitan vacunas específicamente diseñadas
y muy potentes, que buscan establecer una protección intensa y
rápida aunque no necesariamente duradera, y generalmente, monovalentes,
es decir elaboradas con el serotipo implicado en el brote. Se consiguen
así animales en los que, si penetrara el virus, tendría
menos probabilidades de multiplicarse, lo que contribuiría a evitar
su difusión. Sin embargo, el concepto mismo de vacunación
de urgencia exige que los animales sean sacrificados de forma ordenada
y paulatina, pero forzosa, una vez controlado el foco.
La
política de contención de la enfermedad basada en la vacunación
no parece necesaria en el entorno europeo, con excepción, quizás,
de la vacunación de urgencia, como se ha hecho, con muchas dudas,
en Holanda, siempre y cuando la presentación de la enfermedad sea
en forma de focos, y éstos puedan ser adecuadamente afrontados.
De hecho, la política actualmente llevada a cabo en Gran Bretaña
de sacrificio de la granja infectada en 24 horas, y las de alrededor en
48 horas está logrando el progreso en la lucha que de ella se esperaba.
Sólo
las limitaciones logísticas que supone un número tan vasto
de animales sacrificados han hecho más lento el progreso. Aunque
con retraso, la situación ya parece estar bajo control y se espera
que lo esté por completo para antes del próximo verano.
A pesar de ello, con toda probabilidad la "larga cola epidemiológica"
de la Fiebre Aftosa determinará la aparición de focos aislados
y esporádicos durante varios meses más.
En
cualquier caso la recuperación de la normalidad para la ganadería
británica requerirá varios años y grandes inversiones.
La Europa continental se ha librado de esta circunstancia gracias a la
adopción inmediata de medidas estrictas de control, lo que viene
a confirmar que la idoneidad de la política sanitaria adoptada
frente a esta y otras enfermedades depende, precisamente, del ejercicio
constante y metódico de la vigilancia epidemiológica. Para
tal fin, el reforzamiento de las estructuras de Sanidad Animal, a través
de la dotación de recursos económicos y la incorporación
de más veterinarios a estas tareas surge como una ineludible necesidad.
Autores:
V.
Briones y J. Goyache
Dpto. Sanidad Animal. Fac. Veterinaria
UCM. 28040-Madrid, España

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